abril 29, 2013

Una muestra de cómo la poesía romántica también puede tener al hombre como destinatario


   La mujer moderna ya no compite en la conquista del hombre que le gusta, ella es como una bella rosa con espinas, que al despedir su envolvente fragancia hace caer a sus pies al hombre que desea conquistar. Ella lo acompaña en el baile de la seducción con suaves pasos hasta que él, abrigado por el sutil aroma de su almizcle, se rinde.

   ¿Cuándo estás enamorada le escribes poemas a tu hombre?

   Yo sí y como prueba de ello, te dejo un botón.


Lo profundo de tu voz

Tiemblo y me estremezco de tan solo sentir lo profundo de tu voz.

Vuela mi imaginación cual hoja abatida por el viento.

Busco a cada paso tus pisadas,

en cada rostro tus líneas

en cada sombra tu silueta

en cada mirada el brillo de tus ojos.

Pero, qué vacía has dejado mi alma

Qué inalterable quietud la mía, sin ti.

Te he dado trozos de mi vida sin que me lo pidieras.

Tú me has prestado tus oídos y has escuchado en silencio.

Te he desnudado mi alma porque he sentido tu cariño.

Tus brazos me han rodeado brindándome consuelo.

Has extendido tu mano para acariciarme-

Y yo, te he brindado mi regazo para mecer tus sienes-

Te he amado sin siquiera pedir permiso,

sin saber nada de ti,

tan solo sintiendo tu perfume en la distancia.

Te he visto sin conocerte,

Me he mirado en tus ojos, tan solo imaginándote.

Has tomado trozos de mi vida sin preguntar, sin saber lo que yo sentía.

El verdadero amor a veces llega tarde y se va a dormir temprano, sin siquiera despedirse.

Si ya no pudiera reflejarme en tus pupilas, besaría las cuencas de tus ojos una y mil veces,

y te dejaría abrazarme fuertemente, para sentir mi pecho junto al tuyo.

Besaría una y mil veces cada poro de tu piel, hasta encontrar tu alma.

Quisiera sentir indefinidamente la profundidad de tu voz,

y dejarme llevar por ese susurro hasta el hades o hasta el mismo infierno,

porque es hasta allí, que me arrastra el pecado de quererte.

No se aquieta mi mente ni un solo instante.

Mi alma grita anhelando tus caricias.

Mi boca te busca en medio de las sombras para besarte.

Mis manos aprietan fuertemente mis sábanas buscando tu perfume.

Mis sentidos ya no me obedecen, me traicionan amando la oscuridad,

deseando que la noche no termine para seguir soñando con tu presencia.

Oh Dios, qué pecado he cometido para no tenerte.

Por qué si quiero ser tuya, has de ser ajeno.

Cómo poder encontrarme de frente con el pecado de amarte.

Cómo esconder la ilegalidad de mis deseos.

Siento en la distancia tu voz que me llama, que me nombra, que me reclama.

Percibo desde lejos el aroma de tu piel,

el tremor de tus manos que me buscan.

Quisiera aquietar mi mente, pero no puedo.

El pecado de quererte carcome mis entrañas.

Si supiera que en el fondo de tus ojos ya no voy a mirarme,

atraparía entre mis manos la luz que refleja tu mirada

y besaría la sombra de tu silueta,

te dejaría tenerme, aunque fuera por un instante.

Siento desde mi lecho el embriagador aroma de tus rosales.

Me baña cada mañana el rocío que queda en las hojas de los encarnados pétalos.

Puedo oler la tierra negra que yace en tu jardín,

y hasta el trinar de las aves cuando pasan por tu ventana.

Ya te he oído decir cuanto me quieres,

y yo, te he repetido mil veces lo mucho que te amo,

pero quizás, eso no sea suficiente y necesite tenerte de nuevo y retenerte,

para arrullar tus sueños con mis palabras de amor,

besar tu frente,

lamer tus manos,

beber cada gota de tus elixires para impregnarme de ti.

Si no me riegas con tu amor, terminaré seca y marchita.

Si no siento lo profundo de tu voz, moriré sin remedio

y arderé en el infierno de tanto desearte, de tanto quererte.

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By Daniel Alejandro Urquia Franco with No comments

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